EL DÍA PARA MORIR

El Polaco Francisco Wiecek había salido de la cárcel el once de abril de ese mismo año. Era porteño pero desde 1984 se había quedado preso en Mendoza después de que en un asalto a Entel, la antigua compañía estatal de teléfonos, saliera de la peor manera: uno de los cómplices de El Polaco terminó muerto aquella mañana en la calle Chile y él, rodeado por cincuenta policías, optó por entregarse con las manos en alto y después de dejar en el piso su pistola nueve milímetros y la bolsa con 54 mil australes que había alcanzado a sacar de una de las cajas. (2)
Desde aquella mañana nunca se fue de Mendoza. Omar Torres (3), otro de sus cómplices en ese golpe de quince años atrás, dijo que también en aquella
ocasión un mal presentimiento acompañaba a Francisco Wiecek desde un primer momento. "Por algo, El Polaco decía que había que tener mucho cuidado. Hablaba mucho de 'tener cuidado' como si fuera la primera vez que se mandaba un asalto. Nunca habló de presentimiento, pero el hecho de repetir tantas veces que tuviéramos cuidado, yo lo tomé como eso: como una mala idea del golpe. De haber sido así, el tiempo le dio la razón, porque al final, el asalto resultó un mocazo."
A las diez de la mañana del 26 de diciembre del 2002, Marcelo Lencinas, dueño de un minimarket, escuchó sirenas policiales. No le sorprendieron. Las escucha a toda hora porque en esa zona de Dorrego los asaltos ya forman parte de lo cotidiano. Pero Lencinas salió hasta la puerta de su negocio cuando escuchó los tiros. Y entonces vio a un hombre que bajaba corriendo de Renault 19 color rojo al que seguían al menos dos móviles policiales. El hombre corría con un bolso de Movicom en el que albergaba cuatrocientos pesos en una mano y un calibre 38 en la otra. El hombre era un fugitivo que miró para todos lados y cruzó la calle Adolfo Calle deprisa y sin mirar.
"No creo que venga justo para acá", pensó Lencinas mientras veía cómo el fugitivo se dirigía, decidido, hacia su negocio. "No, no, no va a venir justo acá" volvió a pensar. Se equivocó feo. Francisco Wiecek sería el hombre con el que pasaría las peores diez horas de su vida. El Polaco, tal como se lo conocía al delincuente, fue directamente al minimarket y tomó como rehenes a Lencinas y a un hombre de unos 55 años que en ese momento acababa de entrar al local con la pretensión de jugar una boleta de quiniela.
"En cuestión de segundos, el negocio -lo tiene junto con una casa que queda
en la parte posterior- estaba rodeado de policías. Francisco me apuntaba a mí y al cliente" hablaría después Lencinas ante los periodistas de Mendoza.
Después llegó un efectivo policial y en menos de veinte minutos convenció al delincuente de que dejara ir al cliente que no paraba de tiritar parado al lado de unas de las heladeras. Francisco le hizo caso al policía y dejó ir a uno de los rehenes. Ese hombre que fue liberado, al día de hoy, sigue yendo a jugar a la quiniela ese minimarket. Marcelo Lencinas no fue tan afortunado y El Polaco decidió que él sería su escudo para no entregarse a la policía, para no volver, otra vez, a la cárcel que tanto odiaba. (4)

Antonio Párraga era el nombre del policía que llevaría a cabo las tareas de ablandamiento del delincuente que tenía a Lencina apuntado con su arma. La nuca del rehén comenzaba a transpirar y la punta del 38 se resbalaba en esa superficie de piel húmeda y calurienta. Párraga es un sargento con cierto estilo a la hora de hacerse cargo de ese tipo de menesteres. Su nombre se podía ver bordado con letras doradas en el pecho de su camisa de policía: su tarea era la de mediador. Y todo indicaba que lo sabía hacer bien. Iba a ser el nexo entre los pedidos que hacía El Polaco y lo que iban a ceder las autoridades. Por lo pronto, el minimarket se quedó sin luz, sin agua y sin teléfono. Como primera medida, a Francisco le dieron un handy con el que podría conectarse con Párraga cuando él lo considerara necesario.
Estaba claro que cada vez que Francisco pulsara el botón para hablar con Párraga, su voz sería escuchada por los cientos de efectivos y autoridades del Gobierno y judiciales que ya estaban en el lugar.
Antonio se dirigía al secuestrador con términos tumberos: palabras y metáforas y gestos propios del ambiente carcelario. Con eso, se supone, se gana la confianza de la persona con quien hay que negociar.
La medida de cortar todos los servicios en un negocio de esas características no provocó grandes cambios en el carácter de El Polaco: en el interior de las cuatro heladeras vitrinas con que contaba el minimarket, había comida y bebida para pasar un mes. Igual, un mes era demasiado tiempo para el secuestrador y para los que querían que se entregara. (5)

- ¿Qué fecha es hoy?, le preguntó El Polaco al dueño del minimarket.
- Veintiséis de diciembre.
- Veintiséis de diciembre... Hoy es el día: hoy voy a morir. Porque no creo que salga de ésta.
El Polaco miraba lo que había a su alrededor: un minimarket, un hombre al que no conocía y a quien apuntaba con su arma en la nuca, un bolso con unos cien paquetes de cigarrillos que había robado en otro mininarket y los cuatrocientos pesos del mismo robo que habían quedado sobre uno de los mostradores. Nada de eso le iba a servir para salvar su vida.(6)
- Escuchame... Francisco -siguió El Pelado-, lo que tenés que hacer es entregarte. Me parece que si lo hacés, el juez lo va a tener en cuenta a la hora de la condena. Es como que vas a mostrar tu costado humanitario. De otro modo nos van a matar; a vos y a mí. Yo tengo una hija de quince años. ¿Vos no tenés hijos? (7)
El Polaco no contestó, a esa ni a casi ninguna de las preguntas que le hizo el comerciante durante las diez horas que estuvieron juntos en los en el minimarket.
Pero Wiecek sí tenía un hijo, al menos en la provincia de Mendoza. El chico acababa de cumplir siete años y había sido el fruto de la relación que El Polaco tuvo con una mujer canillita que vendía diarios en la esquina de Cobos y José María Godoy, de Dorrego, no muy lejos de donde ahora mantenía a un comerciante en calidad de rehén. (8)
Alrededor de las cuatro de la tarde, El Polaco sacó a relucir sus conocimientos de preso viejo y comenzó a sumar con los dedos y a pensar en voz alta: "Robo agravado más privación ilegítima de libertad más toma de rehenes, más mis antecedentes.... no, no. Tengo 52 años. No zafo ni con el mejor abogado... Voy a salir de la cárcel cuando tenga 75".
Sus peticiones eran cambiantes y descabelladas. Primero pidió hablar con un hombre a quien El Polaco identificó como su abogado. Al hombre lo fue a buscar la policía y llegó hasta el lugar sin saber quién era el sujeto que reclamaba sus servicios. Cuando las autoridades de la cárcel local y del Ministerio de Justicia le mostraron la foto que figuraba en el legajo de antecedentes penales, el letrado lo reconoció pero no mostró demasiado entusiasmo en interceder.
El abogado les dijo a las autoridades que hacía mucho que no lo representaba
y que no quería participar. Cuando El Polaco se enteró por medio de Antonio, supo que estaba más solo que nunca.
El juez Manuel Cruz Videla estuvo durante todo el conflicto y también le hizo conocer que se comunicarían por medio del mediador. Mientras, una decena de francotiradores estaba esparcidos en los puntos estratégicos de esa esquina de Dorrego a la espera de hacer lo que mejor saben: jalar del gatillo.
Hacia las seis de la tarde, El Polaco puso en marcha su plan de fuga con el auto. Primero lo pidió mirando al este; después que se lo estacionaran mirando al sur, después que lo pusieran de culata en el puente del negocio y que le abrieran el baúl para cerciorarse de que no había ningún policía adentro.
"Vamos a hacer lo siguiente: el milico me dijo que va a traer el auto y que lo va a poner de culata en el puente del negocio. Le voy a pedir que abra el baúl para asegurarme que no haya ningún policía adentro. Vas a salir conmigo, adelante mío y, perdoname, pero voy a seguir apuntándote. Y vos vas a manejar. Oí bien: vas a agarrar por Adolfo Calle hacia el oeste, vamos a llegar a la Costanera y vas a doblar a la derecha, como yendo para Las Heras
-¿me seguís? preguntaba El Polaco en un tono alterado-. Bueno, en la rotonda de la terminal de ómnibus doblás a la derecha y bajás hasta llegar al Hospital Central (9). En ese lugar yo me bajo y veré qué hago. Allí nos vamos a separar. ¿Entendiste? Pero de acá, Marcelito, nos vamos juntos. Así que cuando salgamos del negocio, ni se te ocurra salir corriendo".
Las palabras de Wiecek tenían su correlato en su rostro. De a momentos, su
cara se iluminaba por esa idea de una posible aunque lejana libertad. Eran los momentos en que lo posible se mezclaba con lo irreal. Afuera, nada se presentaba sencillo: más de cien policías del GRIS (Grupo de Resolución de Incidentes y Secuestros) y del GES (Grupo Especial de Seguridad) con diez francotiradores que ensayan tiro perforando una moneda de un peso a cien metros de distancia, dominaban el escenario parapetados sobre los techos de las casas contiguas. En esa zona del barrio de Dorrego todo era silencio: ese ruido a silencio que presagia la muerte; el seco silencio de los cementerios. El barrio todo se presentaba como en pausa. Como si se tratara de una película en la que en medio de su proyección, alguien había pretado el botón "pause". Los lugareños y toda la provincia de Mendoza seguían el
proceso por lo poco que podían reproducir las radios y los canales de TV apostados a los alrededores. Las autoridades habían hecho un cerco a doscientos metros alrededor del minimarket y de hecho, muy pocos sabían lo que pasaba entre El Polaco y el Pelado.
Pero aquella tarde, el sol se iba y la paciencia se agotaba. La decisión del juez de instrucción, Manuel Cruz Videla, el único magistrado que publicó un libro contra de la pena de muerte en Mendoza (10), fue tajante: hay que salvar la vida del rehén. Por medio de él, el subsecretario de Seguridad, Alejandro Salomón, ordenó a los francotiradores que estuvieran atentos a cualquier determinación.
Mariano Cortez Murillo, el director de la cárcel de Mendoza, llegó también al lugar del conflicto. En sus manos llevaba un pesado expediente con el cuidado de quien porta un bebé. El bibliorato, espeso y añejo, no dejaba dudas de que Francisco Wiecek era un delincuente muy peligroso y estaba claro que nadie iba a protestar su muerte. Con esto, la balanza que regía la suerte de El Polaco comenzaba a inclinarse hacia el lado de la muerte. (11)

La siesta y la tarde de aquel interminable 26 de diciembre se deslizaron a fuego lento para el reloj interno de Lencinas. Con la caída de la noche, Francisco sabía que sus posibilidades de morir crecían. Por eso en la última charla que mantuvo con el mediador Antonio, cinco minutos antes de la ocho de la noche, Lencinas supuso que el final se acercaba.
"Después de hablar con el mediador, quedaron en que finalmente le traían el auto. Pero pasaba el tiempo y Antonio no regresaba y el auto no aparecía. El Polaco se puso nervioso y comenzó a llamarlo a los gritos. Cada vez gritaba más fuerte el nombre Antonio. Después, El Polaco agarró una botella de agua mineral que había en el piso y la tiró hacia afuera del negocio tal vez con la idea de llamar la atención; como la botella no estaba tapada, una estela
de agua se formó en el aire. Fueron segundos: durante el tiempo en que la botella dejó la mano de Francisco y cayó al piso, en ese lapso, fue que se escucharon los disparos. Yo alcancé a sentir el ruido del aire al lado de mi oreja: eran las balas. El Polaco cayó al piso y pude ver cómo la sangre le salía entre que la nariz y el labio superior; sus ojos quedaron abiertos y
su cuerpo como quien se sienta desprolijamente entre el piso y la pared. Gateando, salí hasta la calle y un policía me agarró del cinturón y me corrió del frente del negocio. 'Antonio', esa fue la última palabra que dijo El Polaco antes de morir", diría después el rehén Marcelo Lencinas. (12)
Con todo terminado, varios funcionarios caminaron por las calles hacia las cámaras de TV que estaban tras el vallado. Curiosamente, todos reían a medida que se acercaban a los periodistas. Uno de ellos, Alejandro Salomón, tal vez el más risueño de todos, fue el que habló con la prensa. (13)
"El hombre nos dijo en más de una oportunidad que iba a matar al rehén, que iba a matar a policías y que después se iba a suicidar. Nosotros privilegiamos la vida de la víctima, que en este caso era la persona que estaba en manos del delincuente". Los aplausos de los vecinos fueron el corolario de su relato.
Según Salomón, la vida del rehén estaba en una situación muy delicada y se optó por intervenir. "La estrategia era herir al delincuente, pero lamentablemente falleció con los disparos".

Francisco Wiecek: Falleció el 26 de diciembre de dos balazos. Su cadáver estuvo dos meses en el Cuerpo Médico Forense a la espera de que alguien lo reclamara cosa que nunca ocurrió. Finalmente fue cremado en el cementerio municipal.
Marcelo Lencinas: Quiso volver a trabajar al día siguiente en su minimarket, pero estuvo unas horas y después se fue. Desde el secuestro está bajo tratamiento psiquiátrico. Dos meses después del hecho, dio una nota a un diario local.
Alejandro Salomón: Después del suceso, cuya resolución se consideró como un éxito, su carrera política tomó un fuerte envión. "Me gustaría seguir en la función pública. No sé si como senador o diputado. Pero me gustaría seguir", dijo días después en una entrevista con un diario local. Hoy, Salomón, sigue como subsecretario de Seguridad de Mendoza.
por ROLANDO LÓPEZ®
OSCAR OLEGARIO OCHOA: PISTOLERO
NEGRA Y CRIMINAL

La pequeña librería más grande del mundo

Entre las muy pintorescas callejuelas del barrio La Barceloneta (Barcelona, España), en la calle que lleva el curioso nombre de La Sal en lo que alguna vez fue un barrio portuario, a la altura del número cinco, asoma con una timidez tenue una construcción vieja, con el frente antiguo y sus paredes ligeramente descascaradas. Alguien puede pasar a pie -se trata de una calle peatonal- y no advertir que está a metros de la librería temática de literatura policial más importante de habla hispana. La única puerta de acceso tiene dos hojas, es de color verde agua y es el límite entre lo cotidiano y una suerte de fascinación para los allegados a ese tipo de escritura. Se trata de Negra y Criminal, una suerte de biblioteca, de librería a la vieja usanza de contados metros cuadrados en los que descansan más de tres mil títulos de obras que únicamente hablan de literatura policíaca. “Nada que no sea literatura criminal o negra puede hallarse acá. Lo siento, somos sectarios en ese sentido”, advierte con una sonrisa que lo acompaña todo el tiempo, Francisco “Paco” Camarasa, uno de sus dueños e ideólogos: “Librero, editor y realizador de eventos literarios”, tal como se define este español de cincuenta y seis años que en realidad es contador, pero que “desde que sentí el olor a tinta, no me pude escapar de los libros”.

Camarasa comparte su negocio-hobby con su mujer, la escritora Montserrat Clavé. Viven en la parte de arriba de la casa en ese pequeño rejuntado de viviendas que datan de hace más de un siglo. Ellos dieron a luz a Negra y Criminal el 4 de diciembre de 2002 con apenas un puñado de libros que luego se multiplicaron en miles. Allí, en persona o mediante su muy buena página web www.negraycriminal.com, se puede acceder a títulos de obras de la crónica negra (o roja) perdidas en el tiempo, también se puede conocer a autores del género de todas partes del mundo y acceder a un mundo en el que sus habitantes se mueven como una suerte de secta con códigos propios.
Como es de esperar, en el interior de la librería se respira a detective privado. Pósters de películas basadas en novelas negras desplegados en las paredes, elementos de culto como sobreros negros esparcidos por los rincones, maniquíes que lucen remeras negras con la inscripción “Negra y Criminal” que parecen vigilantes estáticos y hasta un portaretratos de un típico detective privado que, con un cigarrillo en sus labios le avisa a los visitantes que está prohibido fumar en el lugar; al lado, un cenicero deliberadamente sucio, alberga dos cigarrillos apagados.
Hacia la derecha, entre una montaña de libros a punto de ser catalogados, de DVD’s apilados a punto de ser ordenados, con música de jazz de fondo y con una máquina de café siempre lista para servir a cualquier visitante, se lo ve tras sus gafas, a Paco Camarasa.
“Soy uno de los pocos libreros que atiende y asesora al público en directo”, se jacta el español. Además de vender libros, a Camarasa, está claro, le apasiona el género, “por lo que a veces me paso horas hablando con alguien que tal vez no compre nada, pero se va del local con el conocimiento básico de la literatura negra. Días más tarde, lo más factible es que esa persona regrese para comprar un libro”.

- ¿Cómo es que surge Negra y Criminal?
- La creamos con Montse, mi mujer. Somos fanáticos del género y notamos que no había un espacio específico para nosotros, los fanáticos. Desde entonces nos dedicamos a dar a conocer lo que muchos sospechan y pocos saben: que el género policial es el más leído y el que cuenta con menos marketing al menos en la industria editorial tradicional. Nos dimos cuenta que los autores estaban esparcidos en las librerías y entonces los juntamos a todos. Hay muchísimos más de lo que la gente cree.
- ¿Cuál es la diferencia entre lo criminal y lo negro?
- Lo criminal está vinculado directamente con la idea del detective que tiene que resolver un caso. Se vale de la deducción y atrapa -o no- al culpable por decirlo de algún modo. Cuando el detective hace bien su trabajo y el caso se resuelve, la normalidad de reestablece en la trama. Edgar Alan Poe, para algunos; Agatha Cristie, para otros son los padres de este subgénero. Lo que se conoce como novela negra, en cambio, se puede resumir en la idea del detective que investiga un caso en una ciudad determinada, en una sociedad determinada, pero acá aparece la denuncia social. Se explica porqué esa sociedad crea ciertos delincuentes o genera cierto tipo de delitos. En este caso, una vez que el trabajo del detective se lleva a cabo (se detiene al asesino, por ejemplo), la normalidad no se reetablece; queda la idea de que el problema de fondo no ha sido resuelto. Además, en estos casos, el detective (protagonista) puede tener los vicios de un ser humano común: ser corrupto o dejarse corromper para conseguir la información que necesita y por lo general lleva una vida poco aplicada. En Estados Unidos, en la década del treinta después de la gran depresión, y la implementación de la ley seca, tuvo lugar un delito que se acrecentó porque el Estado lo permitió: la proliferación del mercado negro de bebidas alcohólicas, por dar un ejemplo, que dio lugar a que el crimen organizado creciera de un modo desmesurado. Raymond Chandler es uno de los escritores que advirtió ese fenómeno con claridad y que lo dio a entender de manera impecable en sus obras.
- Se dice que el lector común ve al género policial como vulgar y que por eso los eruditos no lo tienen demasiado en cuenta.
- Se cree un poco eso porque hay muchos autores de lo policial que han tenido una vida para nada ejemplar. Se trata de gente (autores) que tuvo problemas con el alcohol y que los académicos despreciaban porque no tenían estudios universitarios ni una formación formal. Pero no es así. Y el tiempo nos ha dado la razón. Hoy y desde hace mucho tiempo, por ejemplo, las noticias de la sección sucesos (policiales) de los diarios, resultan ser las más leídas del periódico. Pero pocos son los que se confiesan y dicen que leen sucesos o deportes antes que las secciones llamadas serias, como política o economía o internacionales.
- ¿Por qué sucede eso?
- Creo que el aburrimiento de los lectores de diario es el límite. La literatura negra por lo general no deja espacio al aburrimiento y sobre todo es real: habla de personas que existen –o existieron- y de cosas que pasaron. Todo caso tiene un tinte distintivo que lo diferencia -en el caso de los periódicos- de las noticias económicas y hasta con los casos de corrupción que salen desde las secciones políticas de los peridódicos. Un crimen siempre es distinto a otro, siempre cuenta con elementos únicos y diferenciables. Tiene otros matices. Pero, en cambio, a uno lo queda la sensación que un caso de corrupción en el terreno político, es parecido a otro que salió publicado tiempo atrás. No pasa eso con los casos de sucesos policíacos.
Para Camarasa, las sociedades matriarcales pero -paradójicamente- con una fuerte ascendencia machista como la española, la francesa y la italiana en Europa, son caldo de cultivo para que se den hechos policiales comunes más a menudo que en otras sociedades. “Es -asegura- al menos curioso que uno se entere de un homicidio pasional en Suecia o en otro país nórdico. Allí prolifera más el delito vinculado con problemas psíquicos y no con temas sociales. El caso más recurrente es la figura del asesino serial. Igualmente, todo proceso social que ocurre va a repercutir, tarde o temprano en el delito de esa sociedad. Por ejemplo, acá en España se está dando de a poco la participación de delincuentes que vienen de Europa del Este; muchos de ellos con años de experiencia en conflictos urbanos como Rumania y que vuelcan ese conocimiento en el delito común. Bueno, se sabe que muchos de ellos llegado acá producto de la inmigración. Y las autoridades ya lo están viendo como un problema.
- ¿Hay muchos autores de literatura criminal?
- Claro que sí. Hay muchos más de lo que la gente cree. Acá (se refiere a su librería) vienen tantos -muchos se comunican por Internet- que nos asombra. Además, se trata de personas de lo más normales. Gente que tiene su familia, sus hijos y que escriben historias escabrosas y tétricas pero que son, como dije, de los más ‘normalitos’, por más que la gente tenga la idea de que se trata de personas con mentes retorcidas. Muchos de ellos se ven obligados a trabajar en periódicos o a hacer tareas de prensa en ayuntamientos (municipalidades) para subsistir. Pero hacen el esfuerzo y sacan sus historias adelante: logran publicar aún a sabiendas de que sus libros no serán best sellers. Todos ellos tienen acogida acá, en Negra y Criminal, donde se puede encontrar al autor más consagrado del género al lado del más ignoto.
- ¿Cómo es que ustedes consiguen libros que por lo general no se encuentran en las librerías convencionales?
- Ah!, tenemos varios métodos. En algunos casos los autores se enteran y nos envían sus obras; acá las ponemos en catálogos y les pagamos lo convenido. Otro mecanismo es ir los fines de semana por los distintos pueblos donde se hacen ferias en las que se venden ejemplares que ni el mismo vendedor sabe el valor que tiene. Eso lo hacemos con Montse y es, a su manera, una tarea bastante detectivezca.

La web
Con sólo tipear www.negraycriminal.com en el teclado de una computadora se puede acceder a la página de Camarasa. El negro y el amarillo dominan el monitor y las imágenes de detectives sombríos con sombreros de ala media a medio lado, ataviados de sobretodos grises, con solapas que le tapan parte de sus caras surcadas de arrugas.
“A la página la creamos el 27 de mayo de 2003. Para nosotros es el día del Padre: el del nacimiento de Dashiel Hammet. Hammet es el exponente más importante de la novela negra. “Negra”, por otra parte, es un término que le pusieron los franceses, los principales consumidores del mundo de este tipo de literatura”.
Tanto en la página web como en el blog, también se pueden encontrar obras de varios autores argentinos como José Sasturain, Raúl Argemí, Miguel Bonasso y KKKK Roncaglio, Vicente Battista, entre otros.
Ping pong criminal
Cantidad de títulos originales: entre 3500 y cuatro mil
La joya: “Diccionaire de Litterrature Policiers”, 2 volúmnes, 2000 páginas.
El más caro para un comprador corriente: “Diccionario de la Novela Negra norteamericana”, de Javier Correa.
Obras cumbres del género: “Cosecha Roja”, de Dashiell Hammett y “El largo adiós”, de Raymond Chandler, “entre otras más”.
Un autor histórico: Dashiel Hammet.
Un autor actual: Fred Vargas (escritora francesa).
por ROLANDO LOPEZ®
AGUAVIVA
A
mediados del año 2000, el Partido Popular por entonces a cargo del
gobierno de España, publicó una solicitada en dos de los diarios de
mayor tirada en Argentina. En ese escrito, el jefe del ayuntamiento
de Aguaviva, España, el médico Luis Bricio Manzanares, imploraba
que familias argentinas se fueran a vivir a ese pueblo, acosado por
el fenómeno de la despoblación. A cambio se solicitaba una serie de
requisitos que serían retribuidas con una serie de
beneficios.
“Se necesitan familias argentinas. Matrimonios, preferentemente
descendiente de españoles, de no más de cuarenta años con al menos
dos hijos en edad escolar. A cambio, el Ayuntamiento se hace cargo
del 80 por ciento de los pasajes a España que posteriormente será
cancelado en cuotas. El jefe de la familia tendrá un contrato de
trabajo y la familia, una vivienda digna”, decía la letra grande
del ofrecimiento. Con letra más pequeña, se deslizaba que “los
escogidos deberán firmar un contrato en el que se comprometen a
afincarse al menos cinco años en Aguaviva”: nadie leyó eso; o tal
vez, pocos le dieron importancia.
La convocatoria fue un éxito: más de mil familias para un cupo
inicial de trece.

En Aguaviva la gente se moría y casi nadie nacía. En sus calles y
por entre las ventanas de sus dos bares, sólo se podían ver cabezas
calvas o bien plagadas de canas y a su vez nada de niños. El
pueblo, preso de un ritmo cancerígeno, estaba condenado a
desaparecer. A quedar deshabitado. A ser un pueblo fantasma que en
1999 contaba con tres centros de jubilados y ninguna guardería;
ningún local con Internet, ninguna librería, ningún cine, ningún
periódico.
Aquella mañana en Buenos Aires, la solicitada de “Buscamos
argentinos para vivir en España”, generó una cola de más de tres
cuadras frente a la sede del Partido Popular. En ese año, el 2000,
eran muchos los que presentían que lo mejor era no quedarse en
Argentina. El gobierno de Fernando de la Rúa se mostraba inseguro y
débil, y los índices de desocupación se mantenían altos como en la
época de Carlos Menem: un año después, en diciembre, tuvo lugar la
implosión de una de las crisis más graves de la historia
institucional de país. Palabras como “corralito”, o “cacerolazo” y
el eslogan “que se vayan todos” empezaron a ser frecuentes en el
léxico nacional.

En 2001 vivían algo más de 500 personas en Aguaviva. Por cada
treinta cadáveres de gente mayor que ingresaban al cementerio
local, dos niños nacían. Desde 1991 la población había decrecido de
un modo alarmante. Todos sabían que Aguaviva, un pueblo ubicado en
el centro del mapa de España, a 400 kilómetros de Madrid, estaba
destinado a desaparecer.
“Fue el alcalde, Luis Bricio Manzanares, quien ideó todo. El pensó
que, por una cuestión de cultura, de acercamiento étnico, de
afinidad, de idioma, eran los argentinos los más indicados para
repoblar Aguaviva”, explica la porteña Gilda Mazzeo (39) -vino con
su esposo, Marcelo Martínez (39) y sus dos hijos- y que hoy está a
cargo de lo institucional del ayuntamiento de Aguaviva. Ella formó
parte de una de las trece familias escogidas para llenar al pueblo
de gente; más que nada de niños, que era lo que menos había. Su
esposo llegó el 22 de agosto de 2000; ella lo hizo dos meses más
tarde con sus dos pequeños.
“A tal punto no había niños, que las autoridades de Educación
pensaron en cerrar el colegio primario que contaba con 34 alumnos”,
dice la mujer argentina hoy funcionaria y que antes de emigrar de
su Ramos Mejía, sobrevivía “con una empresa familiar que cada vez
ganaba menos dinero”.
¿Cuál es el motivo que Gilda -que camina por las estrechas calles
de Aguaviva saludando a todo mundo antes de llegar a su trabajo-
considera a la hora de quedarse en el pueblo? “La seguridad -dice
sin dudar- en Ramos, mi hijo de 10 años iba a Inglés a dos cuadras
de casa; bueno, yo siempre iba a buscarlo por temor a que le pasara
algo. Acá es como cuando yo era chica en Argentina: dejás a los
chicos en la calle hasta altas horas con la seguridad de que no les
va a pasar nada. Eso no tiene precio para una madre”.

Trece familias argentinas fueron las escogidas para ir a vivir el
paraíso español donde se cobra en euros, donde la inseguridad es
una palabra que no se menciona ni se conoce con el peso semántico
que tiene en la Argentina, “es España, son euros…”, se babeaban los
argentinos elegidos.
La prensa se hizo eco del fenómeno rápidamente. Los argentinos
fueron entrevistados tanto en el aeropuerto de Ezeiza como en el de
Barajas: “Acá, se van los argentinos en busca de una mejor
oportunidad…”, presentaban los noteros de los noticieros
nacionales. Los exiliados económicos cargados de bolsos y de cajas
de cartón no ahorraban críticas contra el país: “Nos vamos a España
en busca de lo que acá se nos niega: trabajo y una vida digna”,
decían en el hall del aeropuerto más importante de Argentina. Del
otro lado del Atlántico los esperaban los periodistas españoles que
escucharon, más o menos, los mismos argumentos de los argentinos
para huir “de un país que nos expulsa”, tal como dijo uno de los
recién llegados a Barajas.

Aguaviva es una pequeña localidad de Teruel (capital de Aragón, al
centro de España). Llegar hasta allí no es sencillo. El 90 por
ciento de los españoles no sabe si quiera de su existencia. Los
mapas ignoran al pueblo y lo más cercano en la ciudad de Alcañiz de
donde sale sólo un colectivo por día, a las 18; y que vuelve a
pasar al día siguiente, a las 6.15. Ese colectivo es el único medio
que conecta al pueblo con el exterior.
Ubicado en un paraje ganado por montañas de escasa altura, Aguaviva
no cuenta con ningún atractivo turístico. Sólo la cúpula de su
iglesia San Lorenzo (construida en el siglo XVII) sobresale por
entre los cerros; las casas bajas, viejas y en apariencia
deshabitadas, es lo que se aprecia al llegar, amén del cartel verde
con letras blancas que dice “Aguaviva” (al su lado, otro cartel, el
de “Pare”, está hace años tirado en el piso, dado vuelta, como si
fuera una señal a la que no hay que darle demasiada importancia).
Por sus calles estrechas casi nadie camina y el mayor movimiento
aflora a las nueve y media de la mañana que es cuando las madres
-casi todas rumanas y ecuatorianas- llevan a sus pequeños rumanos y
ecuatorianos a la única escuela primaria que hay: el colegio
público Monseñor Altabella.

De las trece familias argentinas que llegaron al pueblo, hoy quedan
tres: un matrimonio tucumano que mientras Rumbos estuvo en lugar
estaba afuera, la de Gilda Mazzeo y la de Maximiliano Agüero (23),
que son su familia instaló el bar “El Quesito Argentino”, ubicado
al extremo sur de Aguaviva.
¿Qué fue de las otras diez familias?
“Están esparcidas por Barcelona, Zaragoza y Valencia, las ciudades
grandes más cercanas. No se quedaron porque no les gustó el lugar y
aprovecharon la residencia que les dio Aguaviva para irse a otro
lado con sus papeles en regla”, explica Gilda Mazzeo desde su
oficina municipal. De hecho, esas familias están en juicio contra
el ayuntamiento porque, claro está, no estuvieron los cinco años
mínimos que contemplaba el contrato que firmaron al llegar con el
alcalde ni pagaron un peso de los pasajes que les facilitaron para
aquel exilio económico.
“Qué querés que te diga. Son el tipo de argentinos cómodos,
chantas. Ni bien llegaron llamaron a la Televisión Española para
mostrarles a las cámaras las manchas de humedad que había en las
casas que les habían dado. ‘Estan son viviendas indignas’ les
decían a los periodistas españoles. Claro que se tomaron el trabajo
de que las cámaras no tomaran los DVD’s ni los Play Station que
habían comprado. Bien argentino todo”, sigue, molesta, la
funcionaria Gilda.

El tema fue que a un año de haber llegado, el sueño argentino del
alcalde Bricio Manzanares se convirtió en una pesadilla. La mayoría
de los argentinos abandonó el pueblo a poco de llegar y lo dejaron
solo. Aguaviva seguía sin gente, sin niños, condenada otra vez a
desaparecer.
Como primera medida, publicó en su página web que “el arreglo con
ciudadanos argentinos quedaba trunco”, más que nada porque eran
muchos los argentinos que aparecían de tanto en tanto a ofrecerse
para trabajar.
“A los argentinos es que no les apetece el trabajo”, dice Julio
Villa en el documental “Aguaviva, la vida en tres maletas”
realizado por la argentina Verónica Marchiaro y el colombiano Mario
Burbano en el que se aborda el fenómeno de la despoblación.
Julio Villa, que tiene camiones y que se los ofrecía a los
argentinos recién llagados para que los manejaran, lo explica en el
filme: “La primera semana vinieron todos los días; en la segunda
dos de ellos se enfermaron y en la tercera era sólo uno el que
venía a trabajar. Así no se puede, ¡joder! Esta gente lo que no
quiere es trabajar. Con los rumanos nos ha ido mejor: ellos
trabajan y no se quejan; los ecuatorianos, tampoco”, culmina el
empresario aguavivano. Por eso, hoy por hoy la primera corriente
migratoria de Aguaviva, la constituyen los rumanos; la segunda, los
ecuatorianos -ambas sin las facilidades que tuvieron los
argentinos- y la tercera, los argentinos.

En Avenida La Fuente a la altura del número 8 está el hotel
Altabella (20 euros la noche), el único de Aguaviva. Es una de las
construcciones más modernas del lugar y por eso llama la atención.
Regenteado por Juan Torres, un aguavivano de 69 años, el hotel ha
hecho imprimir sus sobrecitos de azúcar para el café con un mapa en
el que se indica cómo llegar a la localidad. Es su modo de
promocionarla.
“Acá más que nada vienen camioneros de paso y periodistas de todas
partes del mundo porque el pueblo se ha hecho famoso por su lucha
contra la despoblación”, indica mientras solicita los documentos de
los pasajeros.
Si uno sale a caminar a las ocho de la noche puede oír el silencio
perfecto. Sólo una ráfaga de viento lo altera; o el ruido del motor
de un auto cuyo conductor traspasa la avenida La Fuente que recorre
transversalmente al pueblo sin siquiera mirar a los costados ni
bajar la velocidad: “total, nunca hay nadie acá”, es lo que debe
pensar.
Rogelio, el del hotel, pregunta: “¿Eres de Argentina? Ya no hay
trabajo para ustedes, tengo entendido”.

Maximiliano Agüero tiene 23 años y nació en Quilmes, provincia de
Buenos Aires. Junto con su madre, su padre y su hermana menor llegó
a Aguaviva con la segunda oleada de argentinos en 2001. Es gordo y
regentea el bar “El Quesito Argentino” ubicado a las afueras del
pueblo.
“Nos vinimos porque no daba para más en Argentina. Mi viejo, con 44
años se quedó sin laburo y no conseguía nada de nada. Era un muerto
social. Acá estamos bien por más que el pueblo sea un poco
aburrido. Pero hemos comprado este terreno y el bar es nuestro”,
dice detrás de la barra que está decorada con banderines de
Independiente y de Defensa y Justicia y de publicidades de la
cerveza Quilmes.
Maximiliano está distanciado, mal, con la argentina Gilda Mazzeo.
“Es una forra. Se vino acá y acomodó a todos sus familiares en el
ayuntamiento. Cada vez que le íbamos a pedir algo nos lo negaba,
como si fuera la dueña del pueblo. Por eso no le hablamos más. Ella
es la típica argentina que conchabó un trabajo en el Estado y que
ahora no se acuerda de ella también vino acá tan necesitada como
nosotros. Por lo que sé, nunca ayudó a los argentinos en problemas.
Se puso del lado del ayuntamiento y listo, chau. Se olvidó de
todo”, explica mientras les sirve dos cañas (dos vasos de cerveza)
a dos parroquianos españoles que se deleitan escuchando el acento
porteño de Maxi. Los dos españoles se extrañan cuando Maximiliano
enumera los motivos por los que no quiere regresar a la Argentina.
“Fui hace dos meses. Y lo primero que me dijeron mis amigos de
Quilmas fue que no dijera nada que venía de España: ‘te van a
secuestrar porque creen que venís forrado en euros’, me decían. Así
no se puede vivir. ¿Qué extraño? Las salidas con amigos; nada más.
¿Qué tengo a cambio? La tranquilidad de caminar a las cuatro de la
mañana sin que nada me pase. Y la tranquilidad económica: acá ponés
10 euros en el banco y tenés la seguridad de que ningún corralito
te los va a sacar”.
A las afueras del pueblo, un cartel de madera informa acerca de la
despoblación de Aguaviva: en el año 1900 había 1778 habitantes; en
1950 el número bajó a 1433, mientras que en 1990 había 618
aguavivanos. Hoy calculan a sus habitantes en 750.
Fundada en el siglo XIV y ubicada a 549 metros sobre el nivel del
mar, Aguaviva es la cara visible de muchos más pueblos españoles en
lo que el turismo es una palabra desconocida y ajena. Es de difícil
acceso, no cuenta con atractivos naturales y su clima es caluroso
en verano y frío en invierno. La cría de animales de corral y el
cultivo de algunos frutales representan su actividad económica más
rentable; por eso en cualquier lugar del pueblo se huele a campo:
esa mezcla de fardos de pasto seco con bosta de animales. En pleno
invierno oscurece a las cinco y media de la tarde.
Se trata de un pueblo que prácticamente hay que hacerlo de nuevo.
Muchas de sus casas con tejas rojas no han sido refaccionadas en
años y envejecen a la par de sus moradores que caminan por las
calles sin notar que el tiempo se ha detenido. Que España y sus
grandes ciudades entraron hace rato en el primer mundo y que
Aguaviva se quedó en la sala de espera.
El pueblo fue en cierto modo, la síntesis inquieta y alocada del
escape argentino hacia el paraíso español. Pero basta con recorrer
sus calles para saber que ya no lo es.
por ROLANDO LOPEZ®
ARIZONA

Hay
en la Argentina una provincia que está gobernada hace 23 años por
dos hermanos. Uno de esos hermanos fue protagonista de un gran
escándalo que incluyó una muerte en un caso nunca aclarado ocurrido
en un hotel alojamiento. Ese escándalo no le impidió ser presidente
de la Argentina por unos días. La provincia a la que se hace
referencia es una de las que más creció en índices económicos a
nivel nacional. Uno de los hermanos que hoy la gobierna dice que
hace viajes astrales y se ha vinculado sentimentalmente con
actrices entradas en años: primero con la ex sex symbol Leonor
Benedetto y actualmente con Ester Goris.
Algunos analistas políticos han buscado el modo poetizar esa
provincia: la llaman la Macondo argentina; donde suceden cosas
extraídas del realismo mágico. Esa provincia es San Luis (“Otro
país”, como reza su slogan más conocido).
Por eso no es tan extraño que San Luis tenga un pueblo que se llama
Arizona (en honor al estado homónimo de Estados Unidos). Y que el
intendente de ese pueblo sea parte del equipo de fútbol del lugar,
y que el presidente del club también juegue y que el tesorero sea
el arquero y que uno de los delanteros suplentes sea hijo del ex
intendente (hoy enfrentado con el actual) y que el DT sea el
panadero del pueblo y que el preparador físico también juegue y que
el médico lo haya hecho hasta hace poco.
El jefe de la comuna se llama Ariel Figueroa. Ahora tiene 28 años
pero cuando fue electo tenía 24. Crónica TV lo presentó con títulos
fastuosos como “El intendente más joven de la Argentina”.
Figueroa proviene del riñón de los hermanos Adolfo y Alberto
Rodríguez Saá y maneja al pueblo que tiene 1500 habitantes con una
mesura y una austeridad que en poco se parece a las sus padres
políticos: la casa de Figueroa es una vivienda de clase media
ubicada frente a la Intendencia) y su auto es un Renault Megane
modelo 2003.
Como la gran mayoría de los arizonenses -tal es el gentilicio-
Figueroa nació en La Pampa. “Nosotros, geográficamente, estamos más
cerca de Pico o de Victorica que de Mercedes o la capital de San
Luis. Por eso muchos hemos nacido en La Pampa. Nuestras madres iban
allá a darnos a luz porque había más medios”, explica el joven
alfil de los hermanos a los que la oposición acusa de “ser los
dueños de San Luis”.
Entre la política y el fútbol, Ariel Figueroa reparte sus días en
su pueblo confinado en el extremo sur del mapa puntano.
Sus ídolos en la política son Adolfo y Alberto Rodríguez Saa; en
cambio, en el fútbol no tiene: “me gustan los jugadores que dejan
todo en la cancha, los que se sacrifican. No soy habilidoso ni de
los que llegan al gol”, se confiesa.
Su equipo, el Club Social y Deportivo Arizona, juega en el torneo
Argentino C y en un día debe enfrentar al Atlético Argentino de
Mendoza; “es un partido que hay que ganar”, sostiene. Sucede que
Arizona ha hecho una campaña magra: dos empates sin goles y un
partido perdido 1 a 0 lo mandaron al final de la tabla. En el
pueblo hay cierta expectativa por el partido: nadie habla de otra
cosa y la FM local invita a los 1500 habitantes a que vayan el
domingo al nuevo y coqueto estadio que tiene capacidad para 2500
personas.
“Es un equipo de barrio el nuestro -dice Figueroa-. Yo, por
ejemplo, no cobro como así tampoco lo hace el capitán, Dante
Cardonato, ni el tesorero Federico Villa y todos los que son de
Arizona”. Sí cobran, 200 pesos por partido, los cinco refuerzos
venidos cuatro de La Pampa y uno de un pueblo puntano cercano. ¿Los
fondos para estos salarios? Secreto de Estado. O secreto
municipal.
El Club Social y Deportivo Arizona cuenta con una página
web:
www.carizona.com.ar algo
que no tiene el municipio, “La página está en marcha, lo que pasa
que la persona que la iba a hacer ha tenido problemas”, cuenta
Figueroa mientras le da, el sábado 10 de febrero a las 13, por
primera vez comida sólida a su bella hijita llamada Florencia, de 4
meses. Figueroa filma el momento. Allí no es intendente ni
futbolista.
“Ser intendente acá no es como en las ciudades grandes. Por
ejemplo, viene gente a tocarte el timbre a las cuatro de la mañana
porque necesita una ambulancia y hay que estar. Yo estoy. Recuerdo
el 31 de diciembre pasado que me la pasé haciendo carnets de
conducir para unos muchachos que trabajan de camioneros y
necesitaban viajar el 2 de enero. No quise darle ese trabajo a los
que lo hacen habitualmente en el municipio porque era fin de año.
Bueno, los hice yo, sino esa gente no podía trabajar”, explica el
intendente comisionado que no cuenta con concejo deliberante.
Si bien el intendente es titular indiscutido en el equipo, tiene
algunas dudas acerca de si la gente lo considera tan indiscutido
para estar al frente de la comuna en un año de
elecciones.
“En
las votaciones de 2003 gané por 30 votos (votan 600 en Arizona) y
en un principio la gente dudaba más que nada por mi corta edad:
tenía 24. Pero creo que en lo que hice en estos tres años está mi
gestión. Veré si me presento para otro mandato. No quiero pasar por
encima de los dirigentes provinciales del PJ”, comenta pero, se le
nota: quiere un mandato más.
Para eso, el intendente futbolista tiene para mostrarles a los
hermanos Rodríguez Saá sus logros. La modernización del pueblo que
ahora cuenta con una linda luminaria en el boulevard de la calle
Santamarina, la construcción de la sede municipal (por lejos el
evento arquitectónico más fashion de Arizona), la edificación de 27
viviendas contempladas en un plan provincial, la inclusión de
mujeres a un plan social de trabajo.
“Todo esto, y más, en apenas tres años. Antes se hizo poco por
Arizona”, dice con tono de candidato.
Conforme se acerca la hora del partido contra Atlético Argentino,
crece la esperanza por la suerte del rojo de Arizona. El domingo a
las 17 es la cita. Unas horas antes, el presidente y 6 del equipo,
Cardonato, llega a la casa del intendente entusiasmado como un
adolescente, “está todo en orden”, dice en su rol de jugador y
organizador. Al lado de la casa de Figueroa, en la rotisería Pan
Caliente, almuerza el equipo que come liviano. Los jugadores
foráneos han parado en las casas de sus compañeros y por la mañana
se la han pasado en el único lugar donde hay una Internet
comunitaria escuchando cumbia por los canales de música de la web.
Los tres árbitros, venidos desde La Pampa, se hospedaron en la
única pensión con que cuenta Arizona. Entre los jugadores hay
confianza en que se sacará un buen resultado.
Sin embargo Figueroa no luce tan entusiasmado. “No sé si voy a
jugar mucho tiempo más de modo profesional. Llevo desde los 14 años
jugando y tal vez sea tiempo de darle lugar a los más jóvenes”,
había dicho el día anterior. Se siente un veterano del fútbol pero
tiene toda la energía para la política, terreno en el que aún es un
púber. “La política es ayudar a la gente, hacer cosas, gestionar y
mejorar la calidad de vida. Todas las semanas viajo a San Luis a la
reunión de intendentes. Hay que estar, de otro modo uno se pierde
cosas. No quiero y nunca dejé que el fútbol me quitara tiempo en mi
gestión”.
En el césped muy cuidado (cualquier cancha mendocina lo envidiaría)
de la cancha, los equipos de Arizona y Argentino de Mendoza se ven
las caras. Por el altavoz, un sujeto incita a la barra local a
alentar con música de cumbia de fondo. “Vamos, hay que alentar al
rojoooo”, se esfuerza el locutor. La hinchada del ‘rojo’canta con
voz femenina: casi todos sus componentes son mujeres y niños. “Los
jóvenes todavía no se despiertan de la noche de boliche”, indica un
periodista local para explicar el fenómeno.
En el partido, las esperanzas de Arizona se desmoronaron con
rapidez: a los dos minutos perdía uno a cero. Luego le expulsaron a
un defensor y luego le marcaron otro gol. En la segunda etapa,
Arizona hizo todo por al menos mantener una derrota decorosa, pero
le marcaron dos golpes más y el cotejo finalizó 4 a 0.
Los jugadores con camiseta roja en cuyo pecho se puede leer la
leyenda de “Municipalidad de Arizona” como sponsor principal, dejan
la cancha en medio de tibios reproches que e hacen entre ellos. Uno
de los más tristes es Figueroa: la idea de pasar a la otra ronda se
ha desplomado con esta goleada. Y tal vez sea el impulso para
apurar su idea de despedirse de las canchas. Figueroa quiere ganar
y sabe que en el terreno de la política tendrá más chances que como
jugador de Arizona, club con el que ya salió campeón en 2002.
Este un año de elecciones y queda todo por hacer. Se saca los
pantalones cortos y la camiseta transpirada. El lunes por la mañana
cruzará la calle para ir al municipio “a trabajar para la gente”
como le gusta decir.
por ROLANDO LOPEZ®













