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Con mucha policía sobre sus
espaldas, Oscar Olegario y "El Pollo" huyeron hacia Quillota. Al
pistolero argentino que después de muerto se convertiría en una
especie de santo milagrero, lo buscaban por el homicidio de un
detective.
Al "Pollo" lo detuvieron el 13 de junio de 1973 al mediodía en el
centro del pueblo. A pocos metros de él, Oscar Olegario logró
burlar los controles y desapareció en el medio del gentío con dos
bolsas en las que llevaba su calibre 38 y la ametralladora del
detective que había asesinado.
Hacia la tarde, el cielo de Quillota siempre celeste y siempre
tranquilo sufrió alteraciones: helicópteros de las FACh lo
sobrevolaban y los campesinos de las afueras metían a sus niños
rápidamente adentro de sus casas, porque la noticia de que el
pistolero argentino andaba por el lugar ya había ganado todas las
emisoras de radio.
Un día después, el jueves 14, no había noticias de Oscar Olegario.
"Por más que los cientos de efectivos han revisado cielo y tierra,
poco se sabe del vándalo", decía la crónica de El Mercurio.
Ochoa había logrado esconderse en una suerte de gallinero
abandonado cerca de una población llamada San Pedro. Entre plumas
viejas y excremento de aves, el fugitivo esperaba que el cansancio
se apoderara de sus perseguidores y así marcharse de ese
lugar.
Después, según confesó su propio cómplice, Ochoa tenía pensado
llegar hasta Valparaíso, buscar a su novia,Bárbara, y huir a la
Argentina con algunos de los documentos falsos que siempre llevaba
consigo.
Impulsado por el hambre -llevaba casi dos días sin comer ni beber-
Oscar Olegario ensayó lo que sería su última carta.
Salió del gallinero el viernes 15 a la mañana y se encontró con un
niño. Lo detuvo. "Mira, te regalo esta medallita, de las que usan
los niños buenos, pero para eso me tienes que traer de tu casa un
poco de leche y pan", le dijo al chico de unos 10 años mientras le
depositaba una medallita de oro con su correspondiente cadena de la
Virgen María.
El nene aceptó el trato pero en su casa -un rancho que quedaba a no
más de 200 metros de donde estaba Ochoa- le contó lo sucedido a su
papá, Eclisio Donoso.
Al verle la medallita a su hijo y al escuchar la descripción del
pequeño, Donoso comenzó a atar cabos. Montó su bicicleta y fue
directo a la comisaría. Allí contó todo.












