El 13
de junio de 1973a las 7 de la mañana, el detective chileno Solón Salas Fuentealba pateó la puerta de la habitación donde se hospedaba el argentino Oscar Olegario Ochoa en la posada "La Quintrala" a unos 30 kilómetros de Viña del Mar. Salas creyó que el pistolero y asaltante de joyerías dormía. Pero se equivocó. Ochoa, también conocido como "Cacho" o "El Mendocino", lo estaba esperando. Ni bien la puerta se hizo trizas, Salas recibió tres balazos en distintas partes del cuerpo; el último en la cabeza.
Por el pasillo de la posada, unos metros atrás, un colega del detective chileno vio todo. Vio cómo el cadáver de su compañero quedaba tendido en el pasillo. Y vio cómo un brazo que salía de la habitación lo ingresaba al interior. Después observó de qué manera el cuerpo era tirado nuevamente al pasillo. Para, por último, ver cómo una serie de balas se incrustada en el cuerpo muerto de su compañero. "Lo metí para sacarle la ametralladora. Y le disparé para saber si funcionaba", diría después Ochoa. El policía salió corriendo en busca de ayuda. Porque estaba muy claro que solo no podría con ese asesino.
Desde adentro de la pieza se escucharon los ruidos de los vidrios rotos. Oscar Olegario y su cómplice chileno, Víctor Reyes (alias "El Pollo"), comenzaban la huida. Ochoa, en realidad nacido en Córdoba y asaltante de bancos y joyerías a ambos lados de la cordillera, ya no tenía destino: había matado a un policía y sus horas estaban contadas. Un día después, su cómplice se entregó y confesó que él nada tenía que ver con el homicidio del detective.












